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La evolución que ha tenido la batalla por Ucrania ha tomado por sorpresa a gran parte del mundo, tanto por la magnitud de las bajas que está sufriendo Rusia —casi 40.000 en junio, según fuentes oficiales ucranianas— como por el dinamismo y la descarada audacia que han caracterizado al esfuerzo bélico ucraniano.
Para las democracias del mundo, la lección más importante que se puede extraer de la tenacidad y las brillantes innovaciones e improvisaciones de Ucrania puede ser que no deberíamos sorprendernos tanto. Nuestra falta de confianza en Ucrania, sobre todo al inicio de la guerra, y nuestra sobreestimación del poderío militar de Rusia están estrechamente relacionadas con nuestra fe cada vez más débil en la democracia como sistema.
Y esta alienación política no solo es errónea, sino también peligrosa. El valor y la determinación de los ucranianos de a pie ante retos casi inconmensurables deberían infundirnos más confianza en nuestros valores fundamentales y en nuestro modo de vida.
Los ucranianos han demostrado esos valores a lo largo de estos cuatro años y medio de guerra y recientemente lo volvieron a hacer, cuando estallaron masivas y constructivas protestas ciudadanas a raíz de la destitución del ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov. El presidente Volodimir Zelenski respondió a ese malestar sustituyendo al comandante en jefe del ejército, que se había opuesto a Fedorov y a su enfoque en la guerra de alta tecnología, lo que subraya el hecho notable de que Ucrania está decidida a pelear esta guerra como una democracia.
Raíces de la perseverancia
Hay varias razones por las que Ucrania ha sido capaz de frenar a su agresor, mucho más grande. Para empezar, Ucrania no es la sociedad fracturada que el presidente ruso, Vladimir Putin, proclama que es. El arzobispo Borys Gudziak, jefe de la Iglesia Católica Ucraniana en Estados Unidos y rector de la Universidad Católica Ucraniana de Leópolis, me dijo, poco después de que comenzara la guerra, que Zelenski es tan eficaz porque sigue el ejemplo de la gente corriente de Ucrania. Eso quedó muy claro en su respuesta a las manifestaciones a favor de Fedorov en todo el país.
La importancia fundamental de la unidad bajo el fuego enemigo debería resultarle familiar a Occidente. Lo que estamos viendo en Ucrania es una versión actualizada del espíritu nacional británico, unido y democrático, que recordamos con tanto orgullo en mayo, al conmemorar los 86 años de la evacuación de Dunkerque, que rescató a 338.000 soldados aliados acorralados por las tropas alemanas en Francia.
“Debemos aprender de Ucrania porque, en
el mundo que Putin y Trump se empeñan en crear, ahora todos somos ucranianos”.
CHRYSTIA FREELANDExministra de Asuntos Exteriores de Canadá.
El sistema ucraniano de adquisición militar descentralizado y de base es un ejemplo de unidad democrática en acción. Las brigadas compran sus propias armas directamente a los fabricantes. Y a veces, incluso fabrican sus propias armas. Esto implica una interacción muy estrecha entre los combatientes y los fabricantes de armas, con ciclos de innovación que en ocasiones se reducen a tan solo dos semanas.
Armin Papperger, director ejecutivo de Rheinmetall, la gigantesca empresa alemana de defensa, habló a finales de marzo sobre esta producción de material de defensa de carácter tan local y singular: “Son las amas de casa ucranianas”, le dijo a su entrevistador. “Tienen impresoras 3D en la cocina y fabrican piezas para drones”. Pero, añadió, “esto no es innovación”.
Los ucranianos podrían haberse sentido ofendidos, pero decidieron tomar el comentario como un cumplido. La etiqueta #MadeByHousewives se hizo viral en las redes sociales ucranianas en menos de 24 horas. Mi amigo Oleksandr Kamyshin respondió en su cuenta de X: “Rheinmetall dice que nuestros #LEGODrones están #MadeByHousewives en sus cocinas. Vale. Mientras tanto, nuestros #LEGODrones ya han quemado más de 11.000 tanques rusos”.
Como era de esperar, Rheinmetall se disculpó públicamente: “Tenemos el máximo respeto por los inmensos esfuerzos del pueblo ucraniano para defenderse… Es un mérito especial de Ucrania que esté luchando con gran eficacia incluso con recursos limitados”.
Al mismo tiempo, Ucrania ha descubierto que su diversidad es su fuerza, algo que muchas democracias occidentales también deberían recordar. Y más en un entorno político en el que la inclusividad se ridiculiza como una forma de ‘ostentar virtudes’, cuando no se la considera directamente peligrosa.
Las mujeres son fundamentales para el esfuerzo bélico de Ucrania. Pensemos en Iryna Terekh, directora ejecutiva de Fire Point. Ella fabrica los misiles ‘flamenco’ que se utilizaron en junio en el ataque contra Titan-Barrikady, productor de sistemas de lanzamiento de misiles balísticos en Volgogrado.
Terekh tiene poco más de treinta años, es madre de dos hijos y arquitecta de formación. Decidió dedicarse a la fabricación de misiles tras sobrevivir, junto con sus hijos y una amiga, a la ocupación y masacre de civiles en Bucha, al comienzo de la guerra. Terekh salió ilesa y se prometió a sí misma que nunca más volvería a tener miedo de ser violada por soldados invasores.
En sus presentaciones, le gusta regalar calcetines de color rosa chillón, con la etiqueta ‘MILF tech’ y el lema: ‘Mantén las piernas calientes y los arsenales llenos’.Las mujeres ucranianas también están luchando, incluso en puestos de combate.
Alrededor del 20 por ciento de los cadetes militares son mujeres, y un asombroso 80 % de los ucranianos apoyan la incorporación de las mujeres al ejército. Las mujeres soldado ucranianas me dicen que consideran que luchar es algo femenino. Las madres ucranianas están especialmente convencidas de ello. Al fin y al cabo, proteger a los hijos es tarea de una madre.
Además, Ucrania está librando esta guerra como una sociedad unida por sus valores, en lugar de por ese tipo de vínculo étnico de ‘sangre y suelo’ que cautiva a los populistas de derecha. Los tártaros de Crimea, musulmanes suníes, por ejemplo, son una parte importante y reconocida del esfuerzo bélico, sobre todo al llevar a cabo peligrosas operaciones de espionaje y sabotaje en la Crimea controlada por Rusia. Y, por supuesto, el líder de Ucrania, Zelenski, se enorgullece de ser judío.
Otra lección importante que Ucrania ofrece a Occidente es que el patriotismo puede ser una fuerza poderosa en defensa de la democracia liberal. El patriotismo suele asustar o alejar a los liberales y progresistas, sobre todo cuando ven que lo invoca la extrema derecha. Pero el patriotismo se está aprovechando para unir no solo a Ucrania, sino también a democracias como Dinamarca, Canadá y España, las cuales se sienten amenazadas por los Estados Unidos del presidente Donald Trump.
Para sobrevivir, las pequeñas democracias necesitan aliados, y la Europa democrática, a diferencia de Trump, está dando un paso al frente en favor de Ucrania. Está de moda, sobre todo en los círculos empresariales estadounidenses, tachar a Europa de desorientada y económicamente estancada: “Un bonito museo”, un tópico adoptado por la Administración Trump y los republicanos del movimiento Maga en el Congreso. Pero hoy, en lo que respecta a Ucrania, Europa está a la altura de las circunstancias.
Ejemplo y motor de unidad
Con la derrota del ex primer ministro Viktor Orbán en Hungría, Europa ha defendido su propia democracia y ahora se muestra unida en torno a Ucrania. La pertenencia a la Unión Europea desempeñó un papel fundamental en las elecciones húngaras. Y el primer ministro eslovaco, Robert Fico, que ha coqueteado con posturas pro-Maga y antiucranianas, ha respaldado ahora públicamente la candidatura de Ucrania a la UE. Esto ha desbloqueado el préstamo de la UE de 90.000 millones de euros (102.000 millones de dólares), un apoyo que mantendrá a Ucrania solvente y en condiciones de seguir luchando en el 2026 y durante parte del 2027.
La actitud de Europa hacia Ucrania, y hacia Rusia, ha cambiado totalmente con respecto al inicio de la guerra. En una intervención en una reunión del Consejo Europeo a finales de abril, el primer ministro polaco, Donald Tusk, resumió lo que hoy es la opinión mayoritaria en Europa: Hay que “despertar a quienes aún viven en una burbuja. Rusia se está preparando para nuevos actos de agresión”.
En consecuencia, para Europa, Ucrania ya no es un caso de caridad ni una víctima inocente a la que hay que compadecer. Europa ya ve a Rusia como una amenaza existencial y a Ucrania como el único país del mundo que sabe cómo mantener a raya a Rusia. Ucrania es vista ahora —con toda razón— como el escudo y el arsenal de Europa.
Contraste chocante
El contraste con los Estados Unidos de Donald Trump es chocante. Ese país no solo ha retirado la mayor parte de su apoyo a Ucrania —y se enorgullece de decirlo—, sino que también ha mostrado simpatía hacia Rusia.
En abril, el vicepresidente J. D. Vance declaró ante Turning Point USA, el grupo activista cuasi-evangélico y afín al movimiento Maga del difunto Charlie Kirk: “Una de las cosas de las que me siento más orgulloso de lo que hemos hecho en esta administración es que le dijimos a Europa: si quieren comprar armas, pueden hacerlo, pero Estados Unidos ya no va a comprar armas ni a enviarlas a Ucrania. Ya no nos dedicamos a eso”.
Ese mismo mes, mientras Pete Hegseth, secretario de Guerra de EE. UU., testificaba ante la Comisión de Fuerzas Armadas del Senado, el congresista Angus King (Maine) le mostró un gráfico que ilustraba que Ucrania solo había estado recibiendo ayuda de los Estados europeos. “Creo que es un gráfico precioso”, respondió Hegseth con aire de suficiencia.
Mientras tanto, EE. UU. disparó más misiles Patriot en los primeros cuatro días de la guerra con Irán que los que proporcionó a Ucrania en los últimos cuatro años. Lo absurdo de la postura de EE. UU. queda en evidencia cuando se tiene en cuenta la ayuda que Rusia presta a Irán en materia de inteligencia y armamento. De hecho, se encontraron componentes que podrían proceder de la planta de Cheboksary, atacada el mes pasado por los ‘flamencos’ ucranianos, en el interior de un dron de ataque Shahed fabricado por Irán: un arma que, por cierto, ese país licenció a los rusos y que estos, bajo el nombre de Geran, usan mucho contra Ucrania.
Ahora Trump, de repente, ha empezado a elogiar a Ucrania e incluso ofreció, en la reciente cumbre de la Otán, conceder la licencia del sistema Patriot para su producción en Ucrania. Algunos de sus seguidores, acostumbrados a ajustar incluso sus creencias más fundamentales en función de los caprichos cambiantes de su héroe, están empezando a sugerir que la actitud fría de EE. UU. ha sido una astuta maniobra. Trump, dicen, ha ayudado en realidad a Ucrania y a la UE al obligarlas a resolver las cosas por sí mismas.
La verdadera lección de la guerra en Ucrania es muy diferente. Estamos aprendiendo que no se puede contar con Estados Unidos —o, al menos, con esta administración estadounidense— para defender la democracia y a sus aliados tradicionales, ni siquiera en una lucha que las fuerzas democráticas pueden ganar. Y esa es una lección cuyas consecuencias van mucho más allá de Ucrania.
Dos reflexiones finales
La guerra en Ucrania debería suscitar dos reflexiones finales. La primera es que muchos expertos occidentales, si no la mayoría, se equivocaron desde el principio. Predijeron que Ucrania caería rápidamente, creyendo —evidentemente— en la promesa de Putin de una “operación militar especial” de tres días. Y cuando eso resultó ser falso, siguieron pronosticando que la derrota de Ucrania era solo cuestión de tiempo.
Este fracaso de los expertos ha tenido consecuencias reales. Supuso que los aliados de la Otán se mostraran reticentes a armar a Ucrania antes de que comenzara la guerra, debido a su convicción de que esas armas acabarían en manos rusas. Y las suposiciones de que Rusia ganaría inevitablemente el año pasado hicieron que Ucrania se viera obligada a dedicar su escaso tiempo y energía a rechazar las exigencias de que cediera territorio para garantizar la paz.
Como ha señalado el profesor Seva Gunitsky, de la Universidad de Toronto, debemos preguntarnos por qué los expertos se equivocaron tanto con respecto a Ucrania, en parte porque debemos procurar no repetir esos errores analíticos en otros ámbitos. Es fácil imaginar cómo los mismos hábitos mentales que nos indujeron a error sobre la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania podrían llevarnos por mal camino en lo que respecta a China y Taiwán.
La segunda reflexión que suscita la lucha de Ucrania por la supervivencia es que en esta era de maravillas tecnológicas, los drones y los misiles de largo alcance hacen que todo el mundo sea vulnerable. Desde los relucientes rascacielos de Dubái hasta las cúpulas en forma de cebolla de la Plaza Roja, todos estamos a su alcance. Y dado el colapso del orden internacional basado en normas orquestado por Trump, incluidas las amenazas a la propia Otán, es claro que nadie cuenta con una póliza de seguro fiable contra esa amenaza material.
En otras palabras, debemos aprender de Ucrania porque, en el mundo que Putin y Trump se empeñan en crear, ahora todos somos ucranianos.
(*) Exministra de Asuntos Exteriores, de Hacienda y ex vice primera ministra de Canadá. Es directora de Rhodes House en la Universidad de Oxford.








